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Me han dado Calabazas!

Me han dado calabazas!

Pues eso, que llego el otro día a casa de Sandra y me la encuentro ya saliendo por la puerta.

-Me voy a casa de mis cuñados a recoger las calabazas.

Yo me miré a los pies, a esas bailarinas finicas que llevaba, esas que llevaba debajo de la falda blanca ibicenca, y dije:

-Me vale, ¡a por calabazas!


Al llegar allí lo que me encontré fue una finca enorme, de un lado estaba la plantación y del otro unos enormes cajones de madera donde teníamos que depositar las calabazas.

Al parecer la empresa que había comprado la cosecha facilitaba ya los cajones para el transporte, solo había que limpiar un poco cada pieza para quitar el exceso de tierra y santas pascuas.

Para que os hagáis una idea de lo que sencillo que era el proceso… me consideraron capacitada para realizarlo; así que me dieron un paño, me envolví el matojo de pelos con la pañuelera, me pusieron unos guantes ¡y lista!

Allí estaba yo, otra pieza más de la cadena de producción, el sol en la cara, el viento meciendo mi falda, las risas de los niños que correteaban entre nosotros, mi sonrisa en la cara mientras me convencía a mi misma de reconvertirme profesionalmente en calabacera cuando de pronto me dijeron:

-No, esa no vale, tiene una pequeña grieta, tienes que descartarla.

-¿Cómo que no vale? ¿pero si está perfectamente? ¿por qué no se va a poder comer por esta grieta?

La respuesta a mi escandalizada reacción fue darme una palmadita en la espalda y animarme a seguir dándole al trapo.

Así que así se las gastaban los del test de calidad, no se admitían si pesaban menos de 700 gramos, si tenían una pequeña grieta o mancha en la superficie de la monda. Al final del día, aproximadamente un 15% de la cosecha fue descartada como invendible.

En mi cabeza sonaba la voz del tendero Lucien en Amelie diciéndole a una clienta que había pedido nectarinas que le iba a poner la más bonitas.



¿En qué momento empezamos a despreciar la comida que no fuese estéticamente perfecta? ¿en qué momento empezamos a considerar los alimentos no como un bien de primera necesidad, si no como un mero objeto de consumo? ¿En qué momento olvidamos cuál es su finalidad?

He sido educada por un padre que mezcla todo en el plato bajo el lema “En el estomago todo se va a revolver igualmente” así que la inmaculidad de la piel de las frutas o hortalizas no me suele preocupar demasiado, pero se ve que no todos los padres son como el mío, y los agentes de compras de las cadenas de alimentación tienen la lección aprendida y no admiten alimentos que no tengan apariencia de atrezo para bodegones.

¿Somos conscientes de las implicaciones de este descarte? Más allá de la manida frase de la comida no se tira, o hay niños de hambre muriéndose en el mundo que seguro te ha dicho tu madre alguna vez, pensemos en una consecuencia más. La comida, por muy natural que sea, no nace y se cultiva sola, hay una inversión de tiempo y esfuerzo por parte del agricultor, y desde el punto de vista ambiental un gasto de energía y materias primas. Tenemos que pensar, además, que la tierra cultivada es un espacio ocupado, no constituye un hábitat natural para la mayoría de las especies animales que se ven desplazadas. 

Después de considerar todo esto, ¿de verdad vamos a descartar una calabaza por que tenga una pequeña grieta en la piel? Con nuestra decisión de compra no estamos despreciando a esa pobre calabaza, si no que estamos favoreciendo un sistema que propicia el malgasto de recursos. 

Obviamente, en el rural, la calabaza encontrará un hogar en el que la quiera tal y como es, ya sea para alimento de los animales, o incluso de los humanos, pero en sistemas más industriales, es muy probable que estos excedentes acaben como desperdicios en la basura.

Yo por mi parte, a cada una que tenía que rechazar la despedía diciéndole “de verdad que yo te comía igual bonica”. Visto el apego que desarrollé con ellas, al final de la tarde me dieron una bolsa llena. A la mayoría las hice crema, que es lo que ellas hubiesen querido, pero a una la elevé a calabaza mayor de la biblioteca de cocina, y ahí la tengo, luciendo su pequeña cicatriz como prueba de ser una superviviente del sistema.




Autora: Fedella

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